Prenda en peligro de extinción

Día tras día, la cantidad de personas que se dedican al tejido de rebozos disminuye, los talleres desaparecen y ponen en riesgo la existencia de esa prenda tradicional mexicana

Tápame con tu rebozo, llorona, porque me muero de frío… Con esas palabras, Chavela Vargas se consagró como una de las cantantes que, aun con no haber nacido en México, llevó nuestra cultura hasta lo más alto.

El rebozo es símbolo de lo mexicano; por sus colores, por su uso y por la forma en que las mujeres lograron hacer de esa prenda un símbolo orgulloso de su nacionalidad.

Canciones tan dolorosas como “La Llorona” y tan alegres como “La Patita”, de Cri-Cri, se encargaron de dejar más que claro que el rebozo es un símbolo de lo mexicano. Una prenda que quita el frío, que acompaña, que viste de color y sirve como abrazo.
A pesar de que esa prenda pareciera ser muy común en nuestro país, la realidad es muy distinta y esa prenda tan colorida y representativa de los mexicano corre el grave peligro de desaparecer.

La antropóloga y promotora del rebozo mexicano Marta Turok aseguró ante público canadiense que la tradicional prenda está en riesgo de desaparecer, porque muchos talleres están cerrando y el oficio ya no está pasando a las nuevas generaciones.

La coordinadora del Centro de Estudios de Arte Popular Ruth Lechuga, del Museo Franz Mayer, dio en Toronto dos charlas sobre la tradición del rebozo mexicano en el Museo de Textiles de Canadá, donde se realiza una exposición de textiles de Latinoamérica.

En su charla en inglés, titulada “De un pasado incierto a un futuro incierto, el rebozo ikat de México”, se refirió al “enigma” del origen del rebozo mexicano, que pudo basarse en manteles o chales que trajeron los conquistadores, aunque se sabe que en la época prehispánica se le conocía como “mamalli” o “mamatl”.

Después de extenderse el uso del rebozo y el sarape a todas las clases sociales en los siglos XIX y XX, los rebozos de algodón, rayón, seda y lana comenzaron a perder popularidad, y a principios del siglo XXI han cerrado muchos talleres en lugares como Michoacán, Puebla, Guanajuato, Oaxaca y Estado de México.

Ejemplificó que en Tenancingo, Estado de México, había 240 talleres de rebozos en los años treinta y ahora sólo hay 38; en Moroleón, Guanajuato, de los tres talleres que había uno acaba de perder a sus tejedores, todos se jubilaron al mismo tiempo; en La Piedad, Michoacán, se han mantenido cuatro talleres pero no hay jóvenes tejedores.

Para salvar esta cultura, dijo, se requieren estrategias “muy integrales” y una revisión de la estructura de salarios porque en esta división del trabajo el que trabaja en su casa es quien gana menos, “es un trabajo a destajo que está dejando de ser atractivo para los jóvenes”.

“Estos talleres son muy chiquitos para créditos para Nafin y muy grandes para Fonart, necesitamos algo en medio”, precisó la promotora de estas prendas, quien pidió mayor apoyo para que no se cierren más talleres de tejido de rebozos y sarapes.

Algo que también puede ayudar, afirmó, es continuar la promoción del producto para que se venda más y a mejor precio. Incluso se atrevió a aseverar que “para la gente que no le gusta estudiar este es un perfecto oficio porque las manos también valen; la meta no sólo debe ser estudiar para sentarse detrás de un escritorio sino que necesitamos reevaluar las manos, como parte del arte y la cultura de México y al mismo tiempo reevaluar lo que vale lo hecho a mano y no regatear”.

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